Con sus palapas que ganan terreno como elemento arquitectónico sustentable, Puerto es el referente número uno en crecimiento en las áreas costeras de México.
A principios del siglo XX, Puerto Escondido era conocido como Punta Escondida. En ese entonces era solo un pequeño pueblo de pescadores cuyo puerto se utilizaba para la exportación de café.
No fue hasta 1960 que se construyó la carretera 200, la cual conecta las ciudades costeras de Oaxaca y Acapulco, que varios surfistas y turistas comenzaron a encontrarse en las tranquilas playas cercanas al puerto y el turismo empezó a florecer, ya que la función de puerto mercantil disminuyó a medida que el café, principal producto, comenzó a ser transportado por camión.
Su mezcla de elegancia relajada e indómita frente al mar está transformando a Puerto Escondido rápidamente en un centro de diseño. Este tramo de costa se está convirtiendo en el nuevo patio de juegos para arquitectos y diseñadores de todo el mundo.
La creciente demanda que surgió durante la pandemia expandió este desarrollo hacia playas cercanas como San Agustinillo, Zipolite y la mágica Mazunte.
Las palapas, el elemento arquitectónico definitorio de la zona y, de hecho, a lo largo de la costa del Pacífico de México, son una fuente importante de inspiración. Estas estructuras centenarias de lados abiertos, rematadas con techos de paja hechos de hojas secas de palma, son un legado de la región.
Palaperos locales como Jaime Rodríguez Cruz, de San Isidro Llano Grande, mantienen vivos los procesos de separación de hojas y técnicas de tejido que forman los fascinantes patrones a lo largo de la parte inferior de los edificios que, hoy en Puerto, están siendo diseñados por arquitectos como Tadao Ando y Alberto Kalach.



